Arte y Medios

La revolución industrial tuvo grandes repercusiones sobre la producción artística, la cual pasó a convertirse en un proceso mecanizado, en una producción industrial. Las consecuencias de este cambio dentro del mundo del Arte fueron muy importantes y han sido analizadas por muchos autores, entre los que se encuentra Walter Benjamin. La reflexión de Benjamin se centra en la desaparición de la singularidad en las obras de arte. Una de las funciones fundamentales del Arte era preservar la promesa de particularidad, es decir, recoger los momentos singulares para a su vez garantizar su perdurabilidad. Otra cualidad inherente al Arte era la singularidad, la primacía del yo sobre la especie. Sin embargo, la irrupción del Liberalismo y el Capitalismo en las sociedades produjo una transposición del concepto de singularidad, en favor de la lógica que marcaba el nuevo mercado. La economía de mercado característica del Capitalismo, basada en la economía de escasez y en los objetos particulares, dio paso a una economía de distribución. En esta nueva política de mercado el proceso de generación de riqueza está vinculado al derecho de acceso a un bien que el “dador” no deja de tener. La escasez da paso a la abundancia de objetos colectivos. La consecuencia más directa fue la desaparición de las singularidades, pues la distribución artística masiva favorece la democratización del Arte. El Arte deja de estar vinculado a un objeto concreto para vincularse a la economía del conocimiento.

La figura del artista en la Modernidad también ha sufrido mutaciones, pero en todo momento el objetivo de los artistas ha sido adaptar su Arte al contexto en el que nace. Poco han importado los cánones antiguos o los remilgos a la hora de aceptar que el artista es uno más dentro de la sociedad de masas. Los artistas han aceptado que en la actualidad su producción está inexorablemente vinculada a las nuevas tecnologías. Éstos han sabido adentrarse en la Sociedad de la Información con el objetivo de explorar las potencialidades de los nuevos soportes y los medios de comunicación. La fotografía, el cine, el vídeo, la performance e Internet se han convertido en medios de creación artística, ocupando un rol importante dentro de la institución Arte.

Los primeros en reconocer el retraso que asolaba a las Bellas Artes con respecto a la realidad en la que emergían fueron los futuristas. Su “Manifiesto de 1909” constituye uno de los textos más revolucionarios de la Historia del Arte. Los futuristas abogaban por una nueva reconstrucción del concepto de Arte y para ello proponían acabar con el pasado. Una de sus reivindicaciones más conocida es la de la desaparición de los museos y bibliotecas.”Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias de todo tipo, y combatir contra el moralismo, el feminismo y contra toda vileza oportunista y utilitaria”. De esta forma, se podría “hacer tabla rasa” del pasado para construir un futuro totalmente vinculado a la realidad. A pesar de que los futuristas han pasado a la historia por sus reivindicaciones provocativas, en el ámbito de los medios de comunicación las reflexiones de Marinetti y Pino Masnata son significativas. Estos artistas consideraban la televisión como “la síntesis perfecta de los sueños de sinestesia”. Para ellos la televisión, tal y como se ha constatado más adelante, era el único medio de comunicación capaz de agrupar a la población en torno a redes telemáticas. No cabe duda de que la intuición no les fallaba, ya que actualmente más del 90% de la población española se informa a través de la televisión.

Aunque, como ya se ha citado, los futuristas fueron los primeros en demandar la modernización de las Bellas Artes, es necesario conocer qué ocurrió en el clima bélico que azotó el mundo entre 1914-1945. La función social que ha cumplido el Arte en determinadas épocas es incuestionable e incluso se puede referir a él como un movimiento revolucionario más. Buena prueba de ello fue el dadaísmo, movimiento que proponía llevar el nihilismo y la anarquía al terreno del Arte. En 1917, un grupo de artistas y escritores se reunieron en torno a la palabra “Dadá” para expresar su profundo descontento del mundo. Esto significaba el rechazo absoluto a las jerarquías tradicionales y una apuesta por lo anti-estético, el absurdo y el azar. Los dadaístas abogaban por una nueva racionalidad del Arte llevando a cabo una destrucción de todos los géneros de éste. Su objetivo fundamental era convertir la vida en Arte y llevar el Arte a la vida. Su éxito fue paulatino y no se debió a la fuerza de su ideología, sino más bien a la praxis que utilizaron para conseguirlo: la provocación. Con estas actuaciones los dadaístas pusieron una nota de color a lo que se confirmó como un clima de pesimismo generalizado entre los artistas que vieron como la guerra minaba sus expectativas. Este clima afianzó la búsqueda de nuevas vías creativas, en detrimento de la pintura tal y como era conocida hasta este momento. La pintura tradicional fue absorbida por la representación de los elementos más cotidianos y por la denuncia social. Los artistas querían que sus obras llegaran también al pueblo llano para poder trasladarles su carácter revolucionario.

Al respecto, Benjamin creía que las alternativas para preparar una revolución eran las de cambiar el estado de ánimo de los hombres o cambiar sus circunstancias exteriores. Poco a poco los artistas, conscientes o no, fueron adaptando su visión a la de un nuevo arte espacial muy similar al que transmitía la televisión. En muchos casos esta nueva dimensión se representaba no con obras de arte finalizadas, sino con acciones. Los artistas otorgaron mucha importancia a la experimentación (la acción en sí) como vehículo para la expresión artística. La televisión acabaría sobrepasando las capacidades de las artes tradicionales. Uno de los artistas que supo integrar en sus obras la potencialidad que le ofrecía las nuevas tecnologías fue John Cage. Cage se enmarca dentro de los “artistas de la acción”, los cuales rechazaron el estatismo del Arte, a favor de su dinamismo. En concreto Cage desarrolló su creatividad en el campo del audio porque le obsesionaba llegar a conseguir el silencio absoluto. Esta obsesión nace a raíz de su descubrimiento de la filosofía budista, basada en la meditación. El conocimiento que Cage fue adquiriendo de los sonidos le hubiese permitido crear un Arte independiente de los demás sentidos, pero a él le interesaba la interacción, no la destrucción.

Hasta ahora el público había tenido un papel pasivo dentro del escenario artístico, sin embargo, los happenings cambiaron la condición de éste convirtiéndole en sujeto activo. En este sentido, la realidad irrumpía claramente en el Arte para fundir ambos planos en un todo. El creador del happening, Allan Kaprow, equiparó su participación en los espectáculos a la participación del público. El movimiento que siguió al de Kaprow fue el denominado “fluxus”, cuya novedad consistía en renovar los soportes de las obras, para aglutinar en éstas a la pintura, la música, las acciones, lo cotidiano e imprevisible. Fluxus es considerado por muchos críticos artísticos como un género de transición, porque ocupó un brevísimo espacio en la Historia, y además lo acusan de haber sido un movimiento indefinido y desconcertante.

¿Pero cuándo finaliza un movimiento artístico? Esta pregunta es difícil de contestar y más cuando se trata de un movimiento con un carácter revolucionario tan marcado como es Fluxus. Este movimiento nació para reflejar la realidad que vivía la sociedad de los años setenta, una sociedad que había sufrido los envites bélicos y que estaba profundamente influida por los medios de comunicación de masas. El arte conceptual, el video arte, la performance y el net-art derivan de este movimiento artístico. Fluxus ha sido (y es) una fuente inagotable de ideas que ha inspirado a muchos jóvenes artistas de los años setenta. Beyrou fue uno de los artistas que emergió de Fluxus, aunque su obra artística actualmente se conoce por la fuerte vinculación que mantiene con los medios de comunicación. Para Beyrou, la televisión era el mejor “vehículo de difusión” de su concepto de “estructura social”. Este artista quería acercar el Arte, como un concepto que va más allá, a los ciudadanos de a pie. Gracias a la oportunidad que le brindó el Festival Documenta VI en 1977, Beyrou pudo utilizar (sin ninguna restricción) la televisión como medio de transmisión. Su propuesta era innovadora porque en ella iba implícito un nuevo uso de la televisión: utilizar su potencial para divulgar conocimientos. Derivadas de este planteamiento, muchos autores posteriores (entre ellos prestigiosos sociólogos) han presentado proyectos acerca de la denominada Televisión Educativa. Treinta años más tarde, en países como España esta televisión es una utopía.

Quizás el artista fluxus más conocido es Nam June Paik. Este artista coreano, que poseía estudios de piano, se acercó a Fluxus hipnotizado por la importancia que le otorgaban a la música dentro de la creación. Sin embargo, pronto pudieron más sus conocimientos de electrónica y sobre la producción de imágenes electrónicas. Nam June Paik enfocó la experimentación hacia la televisión, pero no trataba “la caja como objeto”, sino que su interés se basaba en la estética de las imágenes abstractas producidas gracias al software. Para él la televisión era un medio en sí mismo, no le importaban sus especificaciones. Paik fue un erudito de la electrónica, por eso es comprensible que fuera el primero en comprar el “Portapak” (1965), el primer aparato de vídeo portátil, grabador y reproductor de imágenes. Siguiendo con la estela electrónica, en 1970 creó un sintetizador de imágenes. Nam June Paik es considerado el “padre del vídeo arte”, a pesar de que muchos prefieran recordar sus performances eróticas de la mano de John Cage. En sus obras se puede percibir su filosofía de vida: una mezcla de zen, budismo, cotidianidad, orígenes, destino y ciencia ficción. Cuando se analiza el legado de este artista, uno entiende el poder que Walter Benjamin otorgó a las nuevas tecnologías como armas revolucionarias en materia de reproducción.

Este pensamiento resulta sorprendentemente innovador porque, aparte del contexto en el que surge, la vinculación entre reproducción artística – memoria e Historia ha sido y es esencial para comprender la mayoría de las obras de Arte y a sus autores. Nam June Paik utiliza la hiperrealidad para expresar lo que le tocó vivir, del mismo modo que Goya creó sus grabados para dar cuenta de un sentimiento profundo. Lo importante en ambos casos es que los artistas han sabido darle un servicio público a sus obras, recogiendo en ellas una parte de la memoria histórica del momento. Walter Benjamin hace una diferenciación entre la figura del historicista y la figura del cronista. Él considera que el cronista lo suele ser a escala local, no distingue lo importante de lo accesorio y suele ser considerado el historicista de menor categoría. Benjamin defiende al cronista precisamente por su labor de documentación, al recoger incluso los detalles más nimios garantiza la perdurabilidad de la memoria histórica. La figura del cronista de Benjamin es la función que los medios de comunicación, y en especial las nuevas tecnologías, cumplen en la sociedad. Lo verdaderamente revolucionario es que los artistas que han crecido al amparo de estas tecnologías hayan sabido aprovechar sus características, sin desvirtuar su condición de artistas. “Hay que ser rápido si uno quiere ver algo. Todo desaparece” fue una frase muy acertada que dijo Paul Cézanne, antes de conocer que su pronóstico acabaría cumpliéndose.

Al analizar el Arte y el uso que éste ha hecho de las tecnologías, ocupa un papel especial el nacimiento de una fuerte industria tecnológica. Paik puso de moda el vídeo y democratizó la grabación de imágenes y su reproducción electrónica. En este momento la industria electrónica poseía un mercado destinado a una pequeña élite que se podía permitir experimentar. Era una industria aquejada por una fuerte incertidumbre, que no apostó por las nuevas tecnologías hasta que el Arte las adoptó como propias. Entre todas estas tecnologías destaca el vídeo, el cual se presentaba como la mejor herramienta para captar la realidad, dejando atrás el “aquí y ahora” que tanto había obsesionado a los artistas anteriores. El vídeo ha reclamado su reconocimiento como obra de Arte y gracias a la evolución cultural ha conseguido dejar de ser un objeto de exposición, para convertirse en la producción de imágenes gracias a medios electrónicos. El problema de este soporte es su inmaterialidad inherente, la cual depende claramente de una pantalla para su proyección. Hasta hace pocos años, los museos no contemplaban la exposición de vídeos porque su técnica convertía a las obras en obras abstractas. Esta tendencia se fue erradicando gradualmente en virtud de las dos cualidades más importantes del vídeo: su movilidad y flexibilidad. Si algo han conseguido las obras visuales ha sido incluir al espectador como parte integrante de la misma. Cuando un espectador se encuentra frente a una instalación, se enfrenta a un escenario virtuosamente creado para él en el que es posible traspasar la frontera que delimita al mismo Arte. En el vídeo importan los efectos y nuevamente Benjamin se hizo eco de esta percepción en esta reflexión de 1936 “La historia de cada forma de arte muestra épocas críticas en las que la forma de arte en cuestión aspira a producir los efectos que sólo podrían alcanzarse tras una modificación a nivel técnico, es decir, por una nueva forma de arte” Como se explicaba al principio, la desmaterialización del objeto es necesaria para que el Arte avance al mismo tiempo que lo hacen los avances científicos y tecnológicos.

Este ensayo tiene un carácter teleológico, ya que con este recorrido por algunos de los momentos artísticos más innovadores, se pretende llegar a la transformación que ha supuesto en los sujetos la aparición de nuevas prácticas artísticas. Como se señalaba anteriormente, el público ha pasado a ser sujeto activo en el Arte, unas veces como sujeto partícipe (gracias a la bidireccionalidad) y otras veces como creador artístico.

A partir de los años ochenta, algunas profesiones se vieron aquejadas por la ruptura del límite que separaba su profesión de otras. El Arte fue una de esas doctrinas que vio cómo las distintas profesiones que lo configuraban acabaron difuminándose. Por ejemplo, muchos artistas plásticos se pasaron al cine, los cineastas probaron suerte en la televisión o algunos historiadores de Arte optaron por hacer su incursión en los medios electrónicos. Es cierto que esta transmutación no provocó una crisis en el contexto artístico, es más, favoreció a la industria del cine y de la televisión, pero trastocó la organización de los roles artísticos. De esta forma se reavivó la polémica acerca de cuáles deberían ser los rasgos que definiesen al artista. Para esta postura lo que se estaba produciendo era un intrusismo declarado, el cual estaba perjudicando las prácticas artísticas. No obstante, existen también quienes opinan que lo que verdaderamente se estaba produciendo era un nuevo paso revolucionario porque, como ya dijo Nietzsche, los artistas utilizaban los recursos artísticos de los que disponían para “no morir a causa de la verdad”.

Umberto Eco denominó a quienes defendían estas dos posturas enfrentadas, con carácter general, apocalípticos e integrados. Mientras que los primeros prefieren quedarse en la tradición, los integrados presuponen el poder de las herramientas tecnológicas para transformar la civilización de manera positiva. En el terreno de la Comunicación este enfrentamiento también se da, pero es el tiempo y sus circunstancias quien acaba resolviendo el conflicto a favor de la interactividad. Con la aparición de Internet son muchos los ámbitos que han cambiado e incluso se puede afirmar que este nuevo medio ha posibilitado que actualmente se hable de una democratización de los roles. Aunque las empresas de comunicación se mostraron recelosas con Internet, han acabado focalizando parte de sus esfuerzos e inversiones en los contenidos digitales. Ahora su éxito o fracaso está vinculado al uso que de Internet sepan hacer e inevitablemente este hecho incluye su relación con el receptor. Desde hace pocos años se ha acuñado el término Periodismo 3.0 para referirse a la multiplicidad de medios, plataformas y modalidades informativas que están poblando la Red. La Red está protagonizada y alimentada por el usuario.

Si como ya hemos analizado en varios casos anteriores el receptor se concebía como parte integrante en el escenario artístico, no cabe duda de que los artistas contemporáneos están sabiendo aprovechar las oportunidades que les brinda la Red. Ya Benjamin apuntó, a modo de reflexión, esta transmutación en el papel del receptor que le llevaría a ser considerado no sólo como producto, sino como creador. Lo que Benjamin no pudo pronosticar fue la intensidad con la que se llevaría a cabo esta metamorfosis, hasta el punto de que muchas de las nuevas prácticas artísticas han emanado de los propios usuarios. Una de estas revolucionarias propuestas tiene que ver con la regulación de estas prácticas y se trata de las Creative Commons. Éstas son un conjunto de licencias flexibles que otorgan al autor la capacidad de decidir qué derechos y libertades acompañan su obra. Según su autor, Lawrence Lessig, las Creative Commons son una respuesta a la demanda de muchos creadores que “no quieren que el control de su obra esté tan restringido: prefieren que la gente haga cosas con su trabajo”. La puesta en marcha de iniciativas similares a la de Lessig pone de manifiesto que “lo digital” ha cambiado radicalmente las reglas en el s.XXI. Muchos de los cánones que han regido la cultura de los últimos siglos son obsoletos en la nueva sociedad digital.

Ahora bien, cabría preguntarse si el optimismo que envuelve esta nueva situación nos instala cada vez más en la denominada sociedad de masas o nos libera de ella. Hannah Arendt fue la primera filósofa que habló del hombre-masa, el cual se definía como un ser idéntico que el resto, sin interacción con los demás, solitario, sin identidad y desarraigado con el mundo. Para Hannah el problema es que somos muchos y distintos y la Modernidad nos ha llevado a ser sólo uno y a no esforzarnos por diferenciarnos de los demás. ¿Ocurre esto en la Sociedad de la Información? Es difícil concretar si en la actualidad hemos dejado de ser un todo para potenciar nuestra identidad, sin embargo, se puede constatar que la novedad en nuestros tiempos tiene cada vez ciclos más cortos. Apuntando a la reflexión de Arendt, este hecho puede estar relacionado con la noción de animal laborante, que deja atrás su condición de hombre trabajador para insertarse en la reproducción de ciclos cortos, los cuales le permiten vivir para seguir viviendo.

En conclusión, es indudable la transformación positiva que las nuevas tecnologías han llevado al campo artístico y al ámbito de la comunicación, pero al mismo tiempo hay que reconocer que en ocasiones estas nuevas herramientas queriéndonos liberar nos han esclavizado, convirtiéndonos en animales laborantes que prefieren sacrificar la acción.

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