espejito, espejito

espejito espejito

Debería comenzar la entrada pidiendo un aplauso para todos aquellos que creen que la estrategia de los probadores de ropa es completamente errónea.  Hasta ahora, no he conocido a nadie que asegure que se ve estupendo/a mirándose en el espejo de un probador. Es cierto que no he tenido el gusto de preguntárselo a Ana Obregón, pero también lo es que durante una temporada trabajé en una de estas tiendas y las caras de desolación a la salida de estos eran muy habituales.

Todo está estudiado: la iluminación, el espacio, los colores, el mobiliario, la disposición… ¿y todo para qué? ¿para hacernos parecer pequeños troles que necesitan de un par de trapitos para sentirse mejor? Una se siente pequeña ante estos seres inertes capaces de generar bigotes, 5 kg de más, puntos negros y un tono amarillento en la piel. Quizás por esto yo pasé de probarme la ropa sin mirarme en el espejo, a directamente fiarme del tallaje y probar suerte.

Otra de las cosas que te enseñan cuando te toca trabajar en esta sección, es a hablar con diminutivos (pásame el bolsito por ahí, ¿te traigo otra tallita?) y con apelativos cariñosos (¿qué tal guapa? ¡qué bien te queda cariño!). Mi pericia personal consistía en decirle a todas las mujeres que me preguntaban qué tal les quedaba algo, que esa prenda yo la tenía y que era una pieza de fondo de armario. Esto sonaba con contundencia y me permitía escabullirme fácilmente.

Así que nadie se fie de lo que le puedan decir en un probador porque pasarte 6 horas diarias colocando ropa, recogiendo perchas y soportando todo tipo de olores, no potencia la sinceridad.

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