Es mío.

Por muy polémico y ególatra que Cellini pudiera haber sido con respecto a sus mecenas, en última instancia su arte dependía de ellos. Hubo en la vida de Cellini un momento revelador en que esa desigual prueba de fuerza se le hizo evidente. Envió a Felipe II de España la escultura en mármol de un Cristo desnudo, al que el rey, con bastante maldad, le agregó una hoja de parra de oro. Cellini se quejó de que se había mancillado el carácter distintivo de Cristo, a lo que Felipe II le contestó: “Es mío”.

El artesano, Richard Sennett.

Supongo que lo que me ha llevado a rescatar este fragmento es precisamente el hecho de llevar varios días dándole vueltas a muchas cuestiones que se mueven en torno a él y que se podrían extrapolar a muchos ámbitos/entornos.

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