naturaleza, hombre y arte

kac

El martes comencé un curso sobre la relación entre arte y biotecnología. Es un tema que me fascina, pero del que sé muy poquito, así que es una oportunidad estupenda para aprender.

Además, reflexionando acerca de mi práctica profesional, que está vinculada directa e indirectamente con el ámbito de la creación, percibo las tensiones y relaciones que se establecen entre hombre – naturaleza – arte.

Para comprender esta dualidad –tirantez/fusión- creo que habría que remontarse a la filosofía gnóstica e idealista y a la figura del Demiurgo que se cita en los textos. Ya Platón se refiere a la figura del Demiurgo como artesano y creador capaz de ordenar el espacio, el mundo de las ideas, y lo que es más importante, la materia –naturaleza-. De ahí parte, en mi opinión, la definición que atañe a los artistas y creadores una sensibilidad especial hacia su entorno, que muchas veces no ha sido –o es- bien entendida.

En cuanto a la ciencia, su papel dentro de la sociedad parece ser menos discutible. Los ciudadanos relacionan esta disciplina con valores positivos relacionados con la salud, medioambiente, energía, comunicaciones… Los avances de los científicos, por tanto, se perciben como mejoras en la calidad de vida. No obstante, desde hace algo más de una década, existe un clima global de desconfianza, dudas y miedos en torno a todo aquello que nos afecta directamente: lo que comemos, las enfermedades incurables, el cambio climático… Esta “crisis” desemboca en parte por dos motivos: la espectacularización propia de los mass media y la percepción, por parte de la ciudadanía, de la ciencia como algo inaccesible y muy especializado.

Es aquí donde entra en juego el procomún, que podría definirse como aquellos bienes que nos pertenecen a todos y a nadie al mismo tiempo. Muchos de estos bienes (agua, espacio radioeléctrico, genoma, semillas, calles, aire…) sin embargo, son gestionados de forma privada y conforme a intereses comerciales y empresariales. Sólo cuando uno de estos bienes está amenazado percibimos que se trata de bienes comunes. Un ejemplo paradigmático es el de las semillas. La gestión de este bien común se realiza desde el archipiélago de Svalbard (Noruega) y aunque se explica como una estupenda labor de conservación para futuras generaciones, lo que esconde es un método sistemático de pago de patentes.

A pesar de esto, parece evidente que para que existan investigaciones científicas es necesaria financiación. En este sentido, me preocupa seriamente cuál es o debería ser el papel del Estado y cuál es o debería ser el papel de las empresas que financian investigaciones para su propio provecho. En estos momentos, por ejemplo, las empresas petrolíferas están financiando investigaciones de bacterias para poder aplicar los resultados a su práctica empresarial. ¿Debe estar la ciencia al servicio del mercado?

¿De qué forma ayuda el arte a liberar esta tensión latente? ¿Cómo se relaciona ciencia y arte? Hace unos días, comentando precisamente esto, salió el caso de Eduardo Kac y el primer conejo transgénico florescente. Esta obra obtuvo muchísimas críticas y casi todas iban enfocadas a la inmoralidad del experimento científico-artístico y a la falta de libertad del conejo como ser vivo. A esto último Kac respondía con otra pregunta ¿acaso nosotros pudimos escoger nuestros rasgos? “No hay ninguna diferencia; la naturaleza tampoco te deja escoger” –manifestó-

Más allá de su respuesta, lo que parece claro es que el arte es ruptura de códigos y reflexión sobre lo que nos rodea. Si ahora no nos escandaliza el Urinario de Duchamp, puede que dentro de unos años tampoco nos asombre la coneja Alba.

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